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jueves, 30 de agosto de 2012

Hoja en blanco


Llevaba días sin escribir —¿cuántos? ¿dos, quizás tres?—. Ni siquiera ahora sentía verdaderas ganas de sentarse ante el ordenador y ponerse a teclear palabras. Esas palabras le parecían vacías, vanas, improvisadas. Y al mismo tiempo dudaba si la improvisación no sería buena; no sería, quizás, la única forma de escribir de verdad.
¿Qué hacían los grandes escritores? ¿Reflexionaban horas, días, meses, quizás años y luego su escritura era la simple traducción de esa reflexión? Cada uno tenía su método, su forma de trabajar. Los había que no cogían una pluma antes de tener todo pensado. Otros, en cambio, ni siquiera sabían qué iban a contar en la página siguiente, y se dejaban llevar por la historia y los personajes.
Debía encontrar su propio método. Resultaba evidente que el hecho de escribir pequeñas historias todos los días era un ejercicio beneficioso; pero se impacientaba de poder comenzar, por fin, “su libro”, ese libro que rumiaba desde hacía tantos años, y que no llegaba a concretarse.
Contó las palabras que había escrito hasta entonces, ciento sesenta y seis. Al fin y al cabo, no era tan fácil llegar a las doscientas cincuenta que se había propuesto escribir cada día. De hecho, temía que alguna de sus historias no llegaran a doscientas. Aquello, sin embargo, carecía de importancia. Lo único importante era escribir y, si acaso era posible, disfrutar con ello.
Respiró hondo, había encontrado algo que contar, terminó el último párrafo, bautizó el relato, lo guardó y abrió una nueva hoja en blanco.

jueves, 16 de agosto de 2012

Grapadora

Me gusta mi grapadora. Por varias razones. Pertenecía a mi padre. Es vieja. Es buena. Tiene un diseño funcional, robusto. Está fabricada en latón brillante. Fácil de cargar, fácil de usar. Su cabezal parece un soldado en posición de firmes; le pusieron una marca adecuada: El Casco.
Una vez le hice una foto, la colgué en Internet y se la dediqué a M. “...porque une mediante la herida”. A M. le gustó, la grapadora y el concepto de unir mediante una herida, supongo.
Me gustaría que todos los objetos que tengo fuesen como mi grapadora: feos, robustos, funcionales y duraderos.

jueves, 2 de agosto de 2012

Desnudo de mujer pintado de memoria



Por aquella época llevaba el pelo muy largo, un pelo negro como el final del Universo. Bebía vino, se enamoraba de tipos a cual más pernicioso, más destructivo. Y era una mujer bellísima, de grandes ojos marrones y labios carnosos; de cuerpo sinuoso y piel pálida. De pubis azabache, de olor penetrante y prolongado.
Habría que revisar el concepto de tipo pernicioso, puede ser un tipo normal, incluso un buen tío, alguien que sólo desea tu bien, pero que, ya sea por imposibilidad emocional, por torpeza o por cobardía, acaba encerrando a una mujer en una espiral de destrucción. Sin quererlo, pero sin evitarlo.
Los tipos perniciosos volvieron a sus cuevas —a dos de ellos se les oyó arrepentirse de haber sido tan cobardes— y llegó el Amante. El Amante la devolvió a su tierra, la hizo un hijo y luego otro. Sus formas se agrandaron, se redondearon, su rostro ganó color, perdió misterio.
Y, contra todo pronóstico, el Amante la hizo feliz.
Su cuerpo de madre, y su lejanía, la hizo aún más bella. Y el día en que escribió “soy feliz”, quien cerró los ojos e inspiró se manchó de felicidad.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La Roca de Pensar



En la Punta del Chazo dos rocas se disputan el título de “Roca de Pensar”, la primera es la más cercana a la rampa que se hunde en la Ría de Arosa; la segunda está un poco más al oeste, más alejada de las miradas de los demás.
Siempre que me siento en la Roca de Pensar —la mía es la más cercana, resuelta la polémica por pura vagancia— es para echar de menos algo. Por las mañanas echo de menos el no haber cogido un jersey con el que abrigarme, por las tardes echo de menos el fumar, porque en la Roca de Pensar se piensa mejor con las manos ocupadas y además, qué demonios, porque da estilo que los demás te vean fumando en la Roca de Pensar. Sobre todo si estás en la más cercana, que es donde todo el mundo te ve.
Ahora, lo que echo de menos, es la Roca de Pensar.


Desde la Roca de Pensar